ABUELIDAD Y TRANSMISION PSIQUICA ENTRE GENERACIONES

ABUELIDAD Y TRANSMISION PSIQUICA ENTRE GENERACIONES

Delia Catullo Goldfarb

Conferencia proferida en el VI Congresso de Psicogerontologia en La Paz- Bolivia   en octubre de 2015

Ger-Ações- Brasil

 

Resumen:

El siguiente trabajo se propone una reflexión sobre el papel de los abuelos y la función de la abuelidad en la sociedad contemporanea marcada por la disminución en relación al numero de membros en la familia y el aumento de la longevidad. Al tratar de la transmisión psíquica entre generaciones apelamos al concepto de Contrato Narcísico y Proyecto Identificatorio de Piera Aulagnier . Finalmente, hablamos de las Abuelas de Plaza de Mayo como un ejemplo de esta función.

Introducción

La práctica cotidiana en el campo de la psicogerontologia nos trae algunas cuestiones recurrentes que tienen relación directa con la intergeneracionalidad.

En todos los ámbitos, sean académicos, de políticas públicas o clínicos, se desea saber por qué algunos Adultos Mayores (AM) tienen más conflictos familiares que otros. Se desea saber cómo fue el vínculo con los hijos, si fueron relaciones marcadas por la comprensión o por el conflicto; por la satisfacción o por frustración. Queremos saber cuál es la expectativa de esos AM en relación a la participación en la vida de hijos y nietos, cómo vamos a trabajar el conflicto entre autonomía, independencia y la necesidad de aumentos de cuidados, hasta qué punto hay una relación de amistad o confianza, en fin, cuál es la dimensión y el peso de los lazos familiares y cómo mantener vínculos afectivos a pesar de las diferencias intergeneracionales.

 

La transmisión psíquica entre generaciones

Este concepto nos ofrece un abordaje historizador y se transforma en una herramienta fundamental para entender mejor las dinámicas familiares y especialmente el papel del AM en esta dinámica.

Lo que pasa aquí y ahora en una familia determinada, en determinada cultura, va a depender de lo que fue transmitido de generación en generación: un verdadero legado psíquico que el niño va a recibir al nacer y sobre el cual va a estructurar su vida psíquica.

Lacan habla de la función de los padres, de los hermanos, de los abuelos, de los bisabuelos, porque se necesitan tres generaciones para que algo del orden de una transmisión se establezca.

Constituirse como ser humano quiere decir hacer un trabajo psíquico donde el legado recibido debe ser metabolizado en la confrontación con el Otro. Este proceso de subjetivación ocurre en el espacio y en el tiempo intergeneracional y solo es posible en la intersubjetividad. En el aislamiento absoluto no conseguiríamos humanizarnos, ni siquiera podríamos adquirir el poder de la palabra.

Ahora bien, todo este proceso poco o nada tiene que ver con herencia biológica o consanguineidad. Algunos autores (Salvareza, 1991, pág. 9) proponen la existencia de una transmisión-adopción, por la cual, el legado se transmitiría a cualquier representante de una generación siguiente que haya ocupado un lugar significativo en la historia del transmisor, provocado transformaciones, promoviendo vincularidad. En fin, creado un “impulso parental” ligado a una particular “potencialidad creativa humana” que tiene como su punto más alto la perpetuación de la humanidad a través de valores y principios. A los sucesores de este tipo de paternidad se los llama “herederos sociales” (NEUGARTEN s/d)

Sabemos que a pesar del individualismo imperante en la modernidad, nadie se hace solo, nadie es auto engendrado. Sabemos que precisamos del Otro para construir nuestra identidad y ser sujetos psíquicos. Es el Otro que transmite el legado generacional a partir del cual cada sujeto escribirá su historia singular. O sea, la transmisión generacional es un proceso que ocurre en una dimensión temporal y depende de un trabajo psíquico que articula el proyecto identificatorio.

Este proyecto identificatorio, tal como lo describe Piera Aulagnier es un saber sobre los enunciados que -a lo largo de la vida- el sujeto va utilizando para definirse y presentarse a los otros. Es lo que cada uno sabe sobre sí mismo y sobre lo que se puede hablar. Proyecto identificatorio no es más que la respuesta que cada uno da a la pregunta “¿Quién soy yo?”

Se considera que hay tres dimensiones de la transmisión. (Biancoti e otros 2001)

La transgeneracional, constituida por elementos no elaborados, vivencias traumáticas, lutos no superados, lo “no dicho” familiar. Estos no dichos, en estado bruto permanecen a espera de representación, atravesando las generaciones sin elaboración ni perspectivas de solución. La intergeneracional, constituida por vivencias psíquicas elaboradas que contribuyen a la construcción de historias, mitos, producen identificaciones y tienen un alto grado de simbolización y elaboración. Y, por último, la intersubjetiva, originada en los vínculos (según el modelo de relación mama-bebe) donde se realizan la identificaciones primarias y se organiza la estructura psíquica.

Piera Aulagnier (1979), nos invita a pensar en el hecho de que cuando la mama habla con su bebé -y se responde- cubre a su hijo con una serie de significados que le dicen quién será. O sea que el bebe es precedido por un discurso materno que actúa como una imagen identificatoria. En este soliloquio a dos voces la madre proyecta, de forma inconsciente, sobre el bebe, como una sombra, la imagen de lo que ella quiere que él sea: la realización de sus propias idealizaciones reprimidas. Esto funciona como un capital fijo, un puerto seguro sobre el cual comienza a organizarse la vida psíquica del niño. Aquello que le dice que hay algo esperando por él, que ya viene al mundo con una misión.

Después, el padre o su substituto -la comunidad, por ejemplo- será el representante del discurso social que va a introducir, valores, normas y límites. Aquí comienza una historia que el propio sujeto no puede saber porque no cuenta con mecanismos de memoria. La historia del origen es contada y lleva la marca de la cultura, de los ideales grupales.

Para que el sujeto se constituya el grupo social deberá reservar a este niño un lugar que lo legitime como destinatario y el propio niño deberá creer que las normas grupales y sus secretos en relación a su funcionamiento, sus leyes y exigencias, también lo son. (GOLDFARB, 2004)

Una especie de contrato se establece entre el nuevo ser y la sociedad que lo recibe en su seno. Aulagnier (1979) lo denomina “contrato narcísico”. El niño nace en situación de dependencia total de sus cuidadores, sin ellos no puede sobrevivir. Para tornarse un adulto independiente y autónomo deberá poder separarse de ese núcleo primario que fue su primera referencia para encontrar otras bases identificatorias en su cultura y su comunidad. Tenemos entonces un discurso parental que antecede a la llegada de un niño y un discurso social que lo legitima. Los dos discursos, coincidentes o no, van a participar de la estructuración psíquica del nuevo ciudadano.

Pero aun en casos no coincidentes, el discurso parental lleva consigo las marcas de los ideales grupales que lo engendró. Para la construcción del Yo es tan importante uno como el otro.

El discurso social garantiza la continuidad de la cultura y para ser aceptado en un grupo o en una cultura, el niño deberá asumirlo como propio. Deberá transformarse en representante y portavoz de esa cultura o será marginalizado.

Los fundamentos de los enunciados de la cultura podrán ser míticos, científicos o de sentido común, según la cultura que los genera, pero siempre se van a referir a la vida del grupo: a sus orígenes, su razón de existencia y los ideales que los justifican históricamente. Vemos que la transmisión es un fenómeno histórico-temporal.

Un factor importante es que los enunciados de la cultura ofrecen un nivel de certeza sobre el origen, una confianza básica sobre la identidad que permite la construcción social y la integridad psíquica de los sujetos que la constituyen.

Los padres deberán transmitir al hijo el inalienable derecho de continuar su lucha por la sustentación del proyecto identificatorio y la construcción de su vida singular.

La certeza sobre el origen y la confianza en el proyecto identificatorio abren una línea de historicidad sin la cual el Yo quedaría atado al deseo parental.

 

La función de la familia

En nuestra cultura, la función de la transmisión psíquica es ejercida especialmente por la familia. Ella es la que garantiza el espacio para los intercambios narcísicos al estimular los vínculos y al mismo tiempo promover la separación necesaria para que cada historia de vida sea una historia singular y al mismo tiempo inserida en la comunidad. Esta es la gran paradoja: la familia debe promover lazos fuertes y duraderos al mismo tiempo que estimula la autonomía y la independencia de sus miembros.

Los vínculos familiares se apoyan en el ejercicio de un cierto poder y responsabilidad de los padres sobre los hijos y no en la comunidad donde todos los adultos son responsables por todos los niños.

Pero en una sociedad donde los cambios son constantes, donde nuevas formas y estilos de familia nos sorprenden todos los días; donde la inestabilidad y la transitoriedad de los vínculos son habituales, no solo el contenido de la transmisión es puesto en duda, sino también su propia existencia. El valor del legado generacional y sus contenidos deben ser repensados.

En “Tótem y tabú”, (1913) Freud señala dos formas de transmisión: la primera como identificación a los modelos parentales y otra, cultural constituida por los trazos de la pre-historia del sujeto, trazos que pertenecen a generaciones anteriores. O sea, al nacer encontramos una estructura familiar en funcionamiento, con papeles, normas, leyes y secretos que regulan las relaciones de diferencia y complementariedad entre sus miembros. Lo que encontramos al nacer, no solo determinara en gran medida el lugar que el nuevo sujeto va a ocupar en esa estructura, sino también, como la va a modificar con su presencia.

La familia, como principal intermediadora para la constitución de la vida psíquica actúa en dos ejes: uno horizontal que ofrece el apoyo necesario para las identificaciones con sus semejantes y otro vertical que inscribe al sujeto en el movimiento histórico de varias generaciones de su familia.

Pero la familia no es una estructura homogénea y estable, es una organización relacional compleja, conflictiva y dinámica que se modifica con el tiempo, las costumbres, los modos de producción y el medio ambiente.

La familia y el Adulto Mayor

Actualmente uno de los factores que más contribuye en los cambios de la estructura y de la dinámica familiar es la longevidad.

Parece existir un desfasaje de intereses y un desajuste entre las expectativas creadas, por ambas partes, en relación a papeles idealizados. Los jóvenes no organizan más su vida en torno de la familia originaria. Las diferentes generaciones adquieren autonomía y se separan. La familia disminuyó de tamaño, cada vez hay menos hijos para cuidar de más padres viejos, cada vez más viejos.

En el mejor de los casos se envejece dentro de un vínculo familiar, pero esa familia está cada vez menos separada de una esfera social. Por eso es importante cómo se establece la vincularidad; qué se ofrece en termino de políticas públicas. Hay investigaciones recientes muy sorprendentes que demuestran que no habría una relación directa entre el tiempo que los AM interactúan con sus hijos y nietos y su satisfacción personal.

El bienestar emocional y psíquico es mejor cuando los ancianos mantienen vínculos con amigos donde pueden tener una relación más igualitaria y con vecinos con los que pueden construir una red solidaria de ayuda mutua. Sólo en tercer lugar aparece la familia que es identificada como un lugar de conflictos y obligaciones.

Los que trabajamos con AM y sus familias, sabemos muy bien como esos conflictos, cargados durante toda la vida, silenciados y no elaborados, aumentan su potencialidad angustiante cuando se vislumbra el fin de la existencia o simplemente se necesita de un mayor bienestar y serenidad que solo un alma en paz consigo misma puede alcanzar.

En la imagen social del anciano encontramos una homologación entre limitaciones e incapacidades lo que propicia prejuicios acerca de la vejez y todo lo que ese proceso envuelve. Esto también contribuye para que las familias y los propios ancianos adhieran a este discurso social discriminatorio y prejuicioso.

La identificación de la vejez con ideas de pasividad, enfermedad y muerte hace que se secuestre la autonomía de los viejos y se promuevan conductas y actitudes que acaban siendo incapacitantes. De esta forma, los prejuicios, como verdaderas barreras ideológicas, impiden la circulación afectiva y dificultan la comunicación.

También la culpa basada en conflictos antiguos, puede ser reactivada hasta en formas de superprotección que encubren una agresividad latente. Ante un lugar desautorizado y descategorizado, surge una creciente dificultad en manifestar sentimientos y opiniones y todo esto va impidiendo la libre circulación y el intercambio de ideas y afectos dentro de una familia. Muchas de estas barreras pueden ser superadas en la medida que sean identificadas, pero muchas otras de orden inconscientes, solo tienen posibilidad de ser superadas con ayuda externa.

Considerando los cambios de las últimas décadas, vemos que el papel del anciano pasó por grandes modificaciones tanto en el ámbito familiar como en el social. Perdió el protagonismo que tenía en sociedades más tradicionales que le otorgaba un rol social y aseguraba la autoestima.

El efecto de la pérdida de un lugar social y de los intercambios simbólicos que ello representa, es la “desnarcisacion”, la identificación con un lugar vacío, o sea con un “no lugar”. En este proceso no hay posibilidad de resignificación del pasado ni de proyección en el futuro.

La retirada de las investiduras en la vida de los ancianos, trae como consecuencia sentimientos de desamparo, abandono, soledad y puede llevar a cuadros de depresión y perdidas cognitivas como efecto de quiebras vinculares significativas como conflictos generacionales no elaborados; falta de sentimiento de pertenecimiento y sensación de linaje quebrada. Algún desencadenante vincular (casamientos de hijos o nietos, problemas económicos, enfermedades de la descendencia, viudez, problemas sociales extremos, etc.) provocan un sufrimiento vincular que retira el sentido de la existencia y pone la vida en peligro. El tiempo y su forma de transcurrir se alteran, los hijos ya no son los mismos y los nietos no corresponden al ideal soñado.

El veloz progreso tecnológico hace que los más viejos presenten más dificultades para desenvolver ciertas tareas como hacer un depósito bancario o pagar una cuenta. Roles tenidos como tradicionales caen en desuso.

Los vínculos familiares son siempre basados en el ejercicio de un cierto poder. Cuando los roles deben ser invertidos, vemos las consecuencias de los conflictos latentes o no. No es fácil aceptar que no se es más el padre proveedor o la madre nutriente, no es fácil aceptar ser cuidado especialmente cuando los vínculos fueron conflictivos. No es fácil tener confianza cuando los vínculos fueron de sometimiento, agresividad y dominación.

Abuelidad- Una función posible

Observamos frecuentemente que conflictos entre padres ancianos y sus hijos adultos son mediados por nietos jóvenes y adolescentes que logran un dialogo entre las tres generaciones y muchas veces, la resolución de situaciones que parecían insuperables.

Mead (1971) en “La fosse dês generations” ya decía que la continuidad de la cultura dependía de la presencia viva de al menos tres generaciones. Actualmente ya es común encontrar la convivencia de hasta cuatro generaciones.

Por un lado tenemos un número menor de miembros en cada generación resultado de la baja natalidad y por otro, hay cada vez más ancianos en cada familia gracias a la longevidad. Cada vez tenemos menos hijos que se tornen cuidadores y por primera vez en la historia encontramos familias en que hay más abuelos que nietos. También vemos que cada vez son más los años que vamos a vivir como abuelos. Es común llegar a ver los nietos adultos con lo que se crean nuevas configuraciones vinculares.

Son incontables también las modalidades de abuelidad. Aquí entran en juego la particular estructura psíquica de las personas que se tornan abuelos; la historia familiar; el medio cultural en que la relación se desarrolla y muy especialmente el tipo de relación anterior con los hijos.

Otro factor que incide es la edad de los abuelos: los más jóvenes son divertidos y participantes mientras los más viejos son más distantes o demandan más ayuda por parte de los nietos.

El género también tiene su influencia: la función de abuelidad parece ser más importante para la mujer que para el hombre. Ellas son más activas y participantes especialmente en los aspectos emocionales y de salud. Los hombres se preocupan más con aspectos de educación y trabajo. Un aspecto interesante de este tipo de vínculo es que en ambos casos tienden a relacionarse más con los nietos hijos de sus hijos preferidos.

Zarebski (2005) observa que los términos abuelo y viejo son usados como sinónimos, a pesar de ser posible ser abuelo sin haber legado a la edad de ser considerado viejo y destaca que en la actualidad, gracias a tantas modificaciones culturales ocurridas en las últimas décadas, ser abuelo es apenas una de las posibilidades identificatorias. Podemos ser muchas otras cosas. Lo que define un abuelo no es una imagen, ni una edad, ni siquiera un papel social.

La abuelidad es una función íntimamente relacionada con la materna y paterna de las que se diferencia claramente pero que, como ellas, tiene un papel determinante en la estructuración psíquica del sujeto La función de abuelo está siempre presente independientemente del individuo aceptarla o rechazarla, porque como dice Redler (1986), lo simbólico precede y constituye al sujeto en la genealogía. La abuelidad es esa función del sujeto que se localiza en el primer nivel de la orden de filiación trigeneracional.

Las grandes preguntas del ser humano se refieren al origen y fin de la existencia: nos preguntamos de dónde venimos y hacia dónde vamos. La abuelidad cumple un papel presentificando un origen, dando un sentido a la filiación.

La abuelidad es siempre estructurante y no importa si el nieto tuvo o no contacto con los abuelos.

Mediatizados por las funciones maternas e paterna, la abuelidad opera ocupando un lugar en la historia de cada sujeto siendo los padres o madres de sus padres o madres.

Los abuelos, aun ausentes, pueden marcar ideales, colaborar en el montaje de representaciones sobre la vida, la muerte, la sexualidad, el trabajo etc., formando una corriente identificatoria. Si deseamos para nuestros hijos algo que no conseguimos ser, no podemos olvidarnos que antes, todo eso (aunque diferente) fue deseado por nuestros padres.

Transmitimos, generación a generación, un paquete de deseos que van marcando conductas, pasando responsabilidades, formas de placer y diversión, ideas sobre la vida, en fin, escribiendo historias que podemos repetir, modificar, mejorar pero que serán siempre historias familiares.

La función de abuelo, satisfactoria o no, conflictiva o no, va a depender siempre de cómo fue ejercida la función materna o paterna de la cual deriva. Muchas veces la abuelidad sirve para que surjan conflictos antiguos profundos y de difícil solución que justamente por eso no habían aparecido antes.

Ejercitando la Abuelidad: la reproducción de la paternidad

¿Por qué decimos que la abuelidad es una función posible? Porque para que esta función se cumpla, es necesario que el abuelo haga una operación simbólica de transmisión de la función materna o paterna. Dicen que ser abuela es ser madre dos veces. No concordamos con esto. Ser abuela es ser madre de la madre o del padre del nieto. Es ser madre una vez y abuela otra. La operación simbólica es ponerse en función de padre o madre de otro padre o madre. Transmitir a los propios hijos la posibilidad de ser padres o madres. Se trata de reproducir un lugar simbólico. Y no siempre esto se consigue, es muy común ver abuelos que se colocan como padres de sus nietos o hijos de sus hijos.

No se deja de ser padre o madre por el hecho de hacer que la función se reproduzca; pensar que la función es “cedida” implicaría en dejar de ejercerla. La abuelidad es el punto culminante de la paternidad, no porque ahí acabe, sino porque ahí se reproduce. (Zarebski, 2005, p. 142) Ser hijo y padre al mismo tiempo sin que los papeles se confundan o se confundan lo menos posible es el verdadero objetivo de un legado generacional exitoso o que funciona bien marcando una continuidad que sustenta las funciones necesarias.

Más que algo para dar hay algo a transmitir. Cuando esa transmisión se encuentra bloqueada, por causa de las estructuras psíquicas en juego o por ruidos en la comunicación familiar, se producen sufrimientos intensos en todos los miembros de la cadena relacional, todas las generaciones sufren, los síntomas aparecen.

Vemos que tener un nieto es la imposición de la creación de un nuevo lazo afectivo generacional que nos obliga a repensar los lugares de pertenecimiento en una estructura, porque modifica toda la estructura. Nos obliga a una “metamorfosis libidinal” como dice Redler (1986).

Como vemos, en los tiempos actuales, ser abuelo/a no es tan simple. En tiempos pasados, cuando lo que se esperaba de un viejo era solo eso, cuando un viejo no encontraba mas proyecto de futuro que el de ser abuelo, tal vez fuese más simple. Era lo que había que hacer y se hacía. Para la mayoría de los AM no había otras posibilidades de vida satisfactoria en la vejez. Actualmente, junto con la imagen social de los AM o por causa de eso, cambian sus atribuciones, valores y funciones y por lo tanto cambia la abuelidad. Se espera que los viejos sean activos, que tengan amigos, que hagan programas sociales, que se ocupen, que sean independientes, que tengan proyectos…. pero en la hora que son abuelos, todavía se espera que se queden en casa cuidando de los nietos y sin sentimientos contradictorios olvidando que los tiempos cambiaron y los viejos también.

Los viejos que hoy tienen entre 60 y 70 años -especialmente las mujeres- pertenecen a una generación en que podían elegir casi todo: cuándo y con quien casarse; cuándo tener hijos y si querían tenerlos o no; si querían tener un trabajo o una profesión determinada; pero nadie pregunta si quieren ser abuelos o cuándo quieren serlo. Por eso decimos que es una función que se impone. Pero si bien no se puede elegir el cuando, se puede elegir el como vamos a ejercer esa función y así evitar tantos sentimientos contradictorios entre el amor y la obligación que existen actualmente en torno de esta función.

Acciones que busquen el bienestar del AM y la familia deben llevar en consideración la calidad de vida del grupo familiar, la calidad de vida para todas las generaciones presentes. La convivencia generacional será facilitada si los aspectos positivos son realzados venciendo los prejuicios mutuos; disminuyendo ideas preconcebidas heredadas de tiempos pasados incluyendo reciprocidad y solidaridad entre las generaciones.

Un ejemplo de abuelidad: las abuelas de Plaza de Mayo

Leyendo o hablando sobre y con las Abuelas de Plaza de Mayo, organizaciones de Derechos Humanos de la Argentina, juristas, psicólogos, educadores etc., una de las palabras que más se escucha es IDENTIDAD. Hay un programa de radio que se llama Identidad en construcción; una película dirigida por Nicolás Avila en 2004 que se llama Nietos: Identidad y memoria. La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI); el Centro de Atención por el Derecho a la Identidad de las Abuelas de Plaza de Mayo; el libro Psicoanálisis: identidad y transmisión compilado por Alicia Lo Giúdice. En 2004 se realiza el primer coloquio interdisciplinario de las Abuelas de Plaza de Mayo Identidad, Construcción social y subjetiva. En 2007 sale Identidad Despojo y Restitución de Matilde Herrera y Ernesto Tenembaum. Existe el Teatro para la identidad y muchos más ejemplos que no podemos citar por falta de tiempo y espacio.

Trabajamos por nuestros nietos -hoy hombres y mujeres-, por nuestros bisnietos -que también ven violado su derecho a la identidad-, y por todos los niños de las futuras generaciones, para preservar sus raíces y su historia, pilares fundamentales de toda identidad”, escriben Abuelas en su portal web http://www.abuelas.org.ar.

En el mismo portal Web una de las primera cosas que se lee es: ¿Dudas de tu identidad? y a seguir: Si naciste entre 1975 y 1980 y tenés dudas sobre tu origen, consultá la lista de nietos que estamos buscando y de casos resueltos a la fecha.

Durante el período de 1976 a 1983 la Argentina fue víctima de una violenta dictadura militar. Durante estos años, miles de personas fueron secuestradas y asesinadas con total impunidad.
 En muchos casos, los hijos de estos “desaparecidos” y los hijos recién nacidos de mujeres embarazadas en el momento de su secuestro, fueron apropiados ilegalmente.

El 22 de octubre de 1977, 12 madres de desaparecidos que habían comenzado a reunirse en la Plaza de Mayo para reclamar por sus hijos se reunieron para buscar a sus nietos. Se bautizaron como Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, más tarde Abuelas de Plaza de Mayo. Al principio ni sabían cuántos eran. A lo largo de los años de lucha, los casos fueron apareciendo y aumentando hasta llegar a casi 500 niños desaparecidos, uno de los más sombríos legados de este período. La incansable labor de Abuelas de Plaza de Mayo a lo largo de más de casi 30 años permitió que hasta hoy, 117 de estos niños tuvieron el derecho de conocer la identidad que les fue usurpada.

Los niños robados fueron inscriptos como hijos propios por los miembros de las fuerzas de represión, dejados en cualquier lugar, o abandonados en institutos como seres sin nombre N.N. “Los hicieron desaparecer al anular su identidad, privándolos de vivir con su legítima familia, de todos su derecho y de su libertad”, describe las Abuelas de Plaza de Mayo.

Es importante resaltar que no fueron niños abandonados, ni dejados voluntariamente bajo los cuidados de otras personas. Fueron niños secuestrados, robados, en muchos casos vendidos y a los que les fue negado conocer su verdadero origen. Y siempre hablamos desde el punto de vista de los niños, pero las abuelas y abuelos, también fueron robados de la posibilidad de ejercer su papel. Toda la familia y al menos tres generaciones fueron víctimas de la violencia del estado.

Hasta 1983 para saber la identidad de un niño había que analizar la sangre de sus padres. Gracias a las Abuelas la ciencia descubrió que con la sangre de los abuelos era suficiente; fue el llamado “índice de abuelidad” y su 99,9 % de certeza es prueba legal de filiación.

Desde sus inicios las Abuelas buscan localizar a los niños apropiados para devolverles su nombre, su historia y el vínculo familiar robado. Con el curso de los años las Abuelas comprobaron que la restitución tiene un efecto reparador: lo único que realmente cura es la verdad. Abuelas consiguieron el apoyo de importantes organizaciones mundiales y la atención de la prensa internacional mientras eran perseguidas, secuestradas y desaparecidas internamente.

En 1992, ya bajo régimen democrático, se creó la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad. EL CONADI es un organismo que funciona en el ámbito del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de Argentina y tiene como objetivo de origen, la búsqueda y localización de niños desaparecidos durante la última dictadura militar. Esta función se vio rápidamente superada ante las denuncias sobre robo, tráfico de menores, despojo a madres en situaciones límites y adultos con su identidad vulnerada. El objetivo inicial se amplió por ser el único ámbito del Estado Nacional especializado y dedicado a la temática de garantizar el derecho a la identidad.

Con el tiempo se demostró que hubo un plan sistemático de apropiación de niños y que existían verdaderas maternidades clandestinas y listas de “adopción” de hijos de desaparecidos. Las secuestradas eran despojadas de sus bebés y asesinadas después del parto.

Cuando las Abuelas en su sitio preguntan: ¿Dudas de tu identidad? abren un camino para que muchos/as se permitan por lo menos pensar en el gran interrogante del Proyecto Identificatorio: ¿Quién soy yo? que claramente no se agota con la verdad sobre el origen pero que no avanza sin ella. Muchos de estos jóvenes tuvieron infancias felices, fueron cuidados y se sintieron amados, pero vivían un estado de excepción, no sabían que habían sido despojados violentamente de sus familias originarias, que eran buscados por ellas. Si se acercan a los equipos de las Abuelas es porque hay una duda, un no sabido, algo que se oculta y debe ser develado para que el sujeto aparezca en su plenitud de derechos

La apropiación deja marcas en la subjetividad, pero con un pedido de restitución de identidad se abren los caminos para que cada uno pueda interrogar esas marcas, cuestionar esa historia. Las abuelas buscan restituir identidades robadas, a partir de ahí, cada chico encontrado (ahora hombres y mujeres adultas) pueden hacer su propio camino en busca de la verdad.

Y la verdad es un asunto muy complejo. Si bien podemos afirmar que no existe como tal, que es siempre subjetiva, que no hay una única verdad etc. también sabemos que conocer “una verdad” que nos fue negada es liberador de varias barreras que frecuentemente dificultan el crecimiento de una narrativa personal y la constitución del sujeto.

Entre los chicos restituidos hay varios testimonios en que se preguntan por qué les mintieron sobre su origen aumentando las incertidumbres de la vida y dejándolos solos en relación a un pasado del que no podían hablar, ni preguntar, donde quedaban muchas preguntas sin respuestas.

“Conocer tu identidad real, te libera. La verdadera libertad la encontrás con tu identidad” dice Sebastián José Casado Tasca que en febrero de 2006, confirmó ser hijo de desaparecidos en 1977.

“Tuve una infancia feliz, pero siempre tuve una sensación de que algo me faltaba, de que algo no andaba bien. Sentía un dolor profundo pero no podía explicarlo”. Victoria Grisonas, localizada en 1979, en Chile.

“Haber conocido mi identidad significó sentirme más completa, sentirme más segura”. Macarena Gelman, nieta del poeta Juan Gelman, conoció su verdadera identidad en junio del 2000.

“La verdad no es ni buena ni mala. Es la verdad y hay que saberla.” Ignacio (Guido) Carlotto.

Las Abuelas tuvieron una doble tarea, buscar dos generaciones, sus hijos y sus nietos, completando las tres generaciones necesarias para que una transmisión se cumpla. Abrieron nuevos caminos en lo jurídico forzando a la creación de nuevas ficciones jurídicas que permitieran diferenciar adopción de apropiación. Surgieron así significantes nuevos: derecho a la identidad y restitución. Lograron incluir el derecho a la identidad en la Convención Internacional por los Derechos del Niño del año 1989, posteriormente incluido en la reforma de la Constitución de 1994. Permitieron nuevos descubrimientos científicos –el índice de abuelidad– para determinar parentesco a partir de pruebas genéticas, a pesar de la ausencia de una generación, y luego fue reconocido como prueba válida por la Justicia. En democracia impulsaron que el Estado cree la CONADI (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad), inscripta en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, y el Banco Nacional de Datos Genéticos, en el cual se con- sirvan las muestras de sangre de los familiares, de los casos denunciados por las Abuelas, para la realización de las pruebas genéticas. (Lo Giúdice, 2005, p.19)

Abuelas tejieron una red solidaria de apuntalamiento interno, fueron elaborando el horror, historizando el proceso. En vez de perderse en la depresión y la locura del dolor, inventaron nuevos modos de ser, de pensar, de organizarse. Pero fundamentalmente nos transmiten permanentemente un legado cultural de los más importantes, ni las gestas más heroicas tuvieron tanto valor simbólico. Me atrevo a decir que a partir de las Abuelas de Plaza de Mayo, la abuelidad no es más la misma.

 

 

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